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sábado, 17 de agosto de 2013

Luz


                                                                                  LUCÍA


Francisco de Asís se enamoró de Dama Pobreza y se casó con ella



               
Lucía tiene la edad de las ancianas de la Biblia. Es alta y delgada y, bajo un exterior de gran pobreza, tiene el porte de una dama.

Nadie pudiera creer que en plenitud de la vida esta mujer tan frágil había sido domadora de caballos.

Y una incansable bailarina.
Cada año, al acercarse la fiesta de la Virgen del Rosario, Lucía salía volando por las montañas hacia el lejano cerro de Sixilera, donde la esperaba la Mamita.  Al despuntar el día, el “misachico” emprendía su larga bajada hacia la iglesia del pueblo. Esa marcha en el viento y el polvo y bajo un sol ardiente demoraba al menos doce horas;  y no pocas veces rozaba cumbres en las que los mismos animales suelen tener dificultad para respirar. A lo largo del sendero de piedras calentadas al sol, Lucía iba descalza  delante de la imagen de la Virgen y, al son de los sikuris, lo pasaba en grande danzando para honrarla.  Cuentan que apenas si descansaba un ratito y sólo muy de vez en cuando.

No hace mucho, en un triste accidente, se le murió el hijo único (ella lo llamaba “mi guagüita”), dejándola sola con dos nietos de siete y cinco años. La madre de los niños también había fallecido,  al dar a luz al más chico. Para darles de comer la abuela se dedica a humildes faenas como pelar maíz en los campos de los vecinos.

Las únicas posesiones de Lucía son cinco plantas de maíz y dos gallinitas de marca “bendy”. También tiene en medio de un río desecado  una chocita de adobe techada con una chapa de zinc. Allí se refugia con los niños.

Un día, Eduardo y yo, la visitamos. La casa estaba completamente   desnuda. Tres cajones de gaseosas eran los asientos. Lucía estaba felicísima de vernos. Se suponía que los tres cajones estaban vacíos, pero, una vez sentados, ella, con cara de pícara,  sacó de su cajón una botella de cerveza, de esas grandes, última herencia, sin lugar a dudas, de su difunto hijo. La destapamos.

-      ¿A qué brindamos? pregunta Eduardo, que tanto como yo estaba fascinado por ella.

-      ¡A mis santitos, pues!  contesta Lucía al volver los ojos hacia dos imágenes pequeñas que una vela alumbraba en un rincón oscuro de la casa.

Eran las imágenes de San Sanjuan con su ovejita y de San Marcos con su vaquita. Ambas preciosas en sus “urnas” respectivas pintadas de flores.

-      Ellos me crían, dijo Lucía con mucha ternura en la voz y con un dedo piadosamente levantado hacia el cielo.

Lucía no tiene nada y da todo. El día de Navidad y el domingo de Pascua, visita las casas de sus amigos para regalarles un huevito (“sagrado”, precisa ella) de sus minúsculas gallinas. No acepta que se lo agradezca más que con un beso. La alegría de dar es el único lujo que ella se da. Es su tesoro.  

“Lucía” quiere decir “Luz”. Ella lleva bien su nombre porque irradia felicidad. 

-    No me falta nada, me dice. Tengo todo lo que necesito.  

En sus pequeños ojos que parecen mirar el infinito, hay un letrero grande que dice: “Sólo Dios basta”.

                                                                  Eloy Roy


1 comentario:

  1. ¡Qué hermoso! No tiene nada y lo da todo, y vive feliz porque sólo un beso y Dios basta. Si las aves del cielo y las flores del campo viven, ella también vive, gracias a Dios.

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